Sin duda es imposible introducir un bisturí y separar en cada uno de nosotros la persona del ciudadano, las exigencias de justicia y los ideales de vida buena. Pero también es verdad que una ética ciudadana debería pertrecharnos de aquellos valores y principios sin los que no podemos considerarnos justos. Habida cuenta de que a comienzos del siglo XXI algunos de esos valores y principios ya son públicamente reconocidos, y por eso deberían formar los contenidos de una educación en la ciudadanía, de una ética cívica.
Ahora bien, para alcanzar una meta semejante no basta con memorizar leyes, constituciones, estatutos, declaraciones, ni siquiera con ponerse el cinturón de seguridad y distribuir cívicamente en los contenedores el cristal, el papel, el resto. No basta con fumar sólo en las calles o asistir a cursillos de seguridad vial. Hay que saber priorizar, y eso se aprende yendo, no sólo al qué, sino sobre todo al porqué.
Según informes del Banco Mundial y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), aproximadamente un cuarto de los seres humanos subsiste bajo la línea de la pobreza internacional, una tercera parte de las muertes que se produce al año (unos 18 millones de personas) está relacionada con la pobreza, 790 millones de personas no están adecuadamente nutridas, más de 880 millones no tienen asistencia sanitaria básica, el acceso al agua potable ni siquiera ha sido reconocido como un derecho humano, las desigualdades de calidad de vida entre las distintas regiones de la tierra han aumentado, la necesidad de inmigrar deja en nuestras playas cadáveres con nombre y apellido, crece el desempleo y el trabajo se precariza. ¿No debería tener un ciudadano justo la sensibilidad suficiente como para percatarse de que hacer frente a estos problemas es una rotunda prioridad?
La idea de ciudadanía siempre ha presentado, entre otros, el problema de generarse desde la dialéctica de inclusión y exclusión. Se incluyen en la comunidad política los miembros de la propia nación, de la realidad nacional, de la nacionalidad, de la unión transnacional, o de la entidad política que sea, y queda fuera el resto. Pero si la justicia tiene un sentido, y pocos valores tienen más sentido que ella, el horizonte del ciudadano no puede ser sino cosmopolita. Y entonces lo importante y lo urgente, lo prioritario, es acabar con el hambre, la sed, la enfermedad superable, la muerte evitable y la miseria. De cualquier persona, aunque no sea conciudadana. En cuidar de las personas con esmero, en su valor interno, está el porqué del que surgirán el qué y el cómo: las leyes, las declaraciones y todo lo demás.
Ocurre, sin embargo, que estas cosas no se aprenden sólo en la escuela, que la educación formal de los medios escolares queda muy corta si no viene arropada por la informal de la vida familiar, de la vida política y los medios de comunicación. Y si en los medios de comunicación y en la política las prioridades son siempre otras, día a día, semana a semana, mes a mes, año a año, los más esforzados maestros del mundo serán impotentes para educar en una ciudadanía justa.
Resultados Jornada Integración a Través de la
Participación
Curso de preparación al Voluntariado Internacional y la Convivencia Intercultural.
Grupo de reflexión de las Tres Culturas.
Seminario Diálogo en el Mediterráneo.